Ricardo Álvarez: “De Lugones a cielo, venir por aquí a verlo”

Publicado el 09/05/2016
El tapin Ricardo Álvarez: “De Lugones a cielo, venir por aquí a verlo”

El vecino de Lugones, Ricardo Álvarez, recibió este mes de abril un homenaje por parte de la Asociación de Jubilados y Pensionista de Lugones, por ser el socio con mayor edad del colectivo, ya que cumplió el pasado mes de enero 94 años. “Para mí este homenaje fue fantástico, lo pasé muy bien con la familia y amigos. No me lo esperaba y fue muy emocionante, ya llevé a enmarcar el diploma que me dieron para colgarlo en mi pared y que lo puedan ver mis hijos, nietos y biznietos en el futuro”, destacó.

Ricardo nació en Belmonte de Miranda el 25 de enero de 1922, en un pueblo llamado “Meruxa”, era el segundo hermano de siete, aunque en la actualidad sólo quedan cuatro. De niño recuerda que estudiaba con un maestro particular de noche, y aseguró que alumbraban con un candil de carburo, cuando lo había, para hacer las tareas y después hicieron una escuela donde iban de noche, “llevaba un farol de aceite para ver el camino y tenía que andar un kilómetro hasta allí. Fui poco tiempo a la escuela porque tenía que trabajar mucho en casa”, comentó.

En su casa tenían ganado y cuando dejó la escuela se dedicó a su cuidado, “llevábamos a dormir las vacas al monte y por la mañana tenía que ir a catarlas, como no teníamos dinero ni para comprar alpargatas y las usaba para ir a la escuela, me las quitaba las echaba al hombro y pasaba descalzo a catar las vacas al medio del monte. En casa hacía lo que mi madre me mandaba como ir a buscar el agua a la fuente, porque no la había en las casas. Sacaba el agua con un cacharrín pequeño para llenar el caldero y llevarlo, tenía que bajar por una caleya llena de piedras y artos”, recordó.

Dejó su Belmonte natal la primera vez para hacer el servicio militar, en un primer momento fue a Pravia para que le tallaran y después les metieron en vagones, para ir a Ourense donde estuvo siete meses aprendió la instrucción y de allí a Pamplona, “era muy cantarín y cuando iba a los chigres me ponía a cantar y un día uno de Lugones, Alejandro Coppen, que estaba destinado en la oficina del Gobierno Militar y cuando me sintió cantar vino a mí y me preguntó si era asturiano y le dije que sí, entonces me dijo que éramos los dos únicos que había en Pamplona”, explicó. Gracias a Coppen pasó a ocupar el cargo de asistente del Comandante Rodríguez Galán que era de Oviedo y allí estuvo durante tres años, hasta que el Comandante se fue destinado a África y quería llevar a Ricardo, pero no quiso ir y quedó en el almacén para las ventas, las compras y hacer la comida hasta que se licenció.

Al acabar la mili regresó para Meruxa, pero antes de marchar al servicio militar cortejaba a su después mujer Esther, “nos mandábamos cartas y postales cuando estaba en Pamplona una vez a la semana y ella era natural de un pueblo más abajo, La Durera”, recordó. Al poco tiempo de volver de la mili se casaron y se fueron a vivir a casa de los suegros, donde también trabajó con el ganado, “dormíamos todos juntos porque era una sala grande con las camas alrededor y quedaba libre lo del medio. Nos casamos en Belmonte de Miranda, comimos la boda en casa de mi suegra y el baile lo hicimos en un sitio llamado la Era, donde se mallaba el pan, estuvimos bailando toda la noche”, comentó.

Su primer hijo nación en La Durera y dejaron la casa de los suegro para irse a Belmonte y comenzó cuidando las vacas de la familia Pacheco, que tenían una ferretería allí y su mujer comenzó a asistir en casa un abogado que tenía seis hijos, “de aquella había que lavar en el río, así que ella estaba todos los días lavando allí. Estuvimos viviendo con mi abuelo, pero decidimos irnos a una casa que nos dejaron, donde se curaban las pieles del ganado y sólo contábamos con una mesita que era un cajón de coñac, atizábamos en el suelo y un tío de la mujer nos hizo una cocina para la madera y nos tapó los agujeros que había, aunque estuvimos poco tiempo allí”, recordó.

Un Señor llamado Sindo le ofreció la posibilidad de irse a vivir a Antuñana y cuidar el ganado en su casería, “cogimos los cuatro trapos que teníamos y nos fuimos para allí, donde empezamos a trabajar, tuvimos muy buena suerte porque tenía guardada la cosecha del año anterior y nos la dio nada más llegar y nos arreglamos. Trabajábamos a medias y después me dejó todo el ganado para mí al ver que trabajaba bien y lo mismo con los cerdos. Había que ir a rozar al monte para hacer el cucho, iba por la mañana y después mi mujer me llevaba la comida”, comentó.

Ricardo dejó a su mujer y al niño en Antuñana, cuando recibió una llamada de Coppen en la que le aseguraba que le podía colocar en la Fábrica de Metales a trabajar, porque estaba de escribiente en la oficina, y así lo hizo. “Cobraba 1.000 pesetas al mes, y en un primer momento estuve viviendo en casa de una tía de mi suegra en Oviedo, que tenía un bar en Coruño, bajaba todos los días andando con mis madreñas llenas de clavos y una cesta de metales con una pota de comida y pan para comer, calentábamos la comida en el comedor de la fábrica”, aseguró.

El lugonense estuvo más de 40 años trabajando en la fábrica de metales y por ello se llevó varios reconocimientos a su labor. El horario que realizaba era de 8 a 17 horas, con la parada para comer. “Con el dinero que ahorré decidí hacerme una casa en frente del Cine Nora, me costó 12.000 pesetas la mano de obra de la casa, porque compré el terreno a unos de Viella. Estuvimos viviendo en la casa mi familia y yo dos años sin puertas, ni ventanas porque nos habíamos quedado sin dinero y colocamos en los agujeros mantas que era lo que teníamos”, relató.

El matrimonio una vez instalado en Lugones decidió ir a por la niña, que nació en Lugones, “fuimos con mucha ilusión a por la niña, porque el chaval ya tenía 8 años e iba al colegio”, explicó. Mientras trabajó en metales, compró a la empresa una furgoneta por 11.000 pesetas, y era el único en aquellos años que llevaba los terneros y animales a matar al matadero de Pola de Siero y luego contaba con otro vehículo para sacar la carne. “Nunca tuve ningún accidente y eso ha sido una suerte, viendo como estaban las carreteras en aquellos años”, destacó. Mientras su mujer trabajó haciendo pantalones para una casa de Oviedo.

En la casa comenzó también con el ganado y vendía cerdos, su mujer se apuntó a la agraria y él era autónomo, cuando le jubilaron en metales a los 65 años, el continuó pagando autónomos y trabajando con los animales. En su casa cuidó a su suegra, su suegro, a un tío, su madre y dos tías de la mujer que vivían en Argentina y regresaron por la crisis a Asturias. Condujo la furgoneta hasta los 84 años. Hace pocos años falleció su mujer de alzhéimer a la que cuidó hasta el último día.

“El secreto de vivir más de noventa años es que he sido feliz, he trabajado mucho y dormido poco. Pero mi lema es: de Lugones al cielo, venir por aquí a verlo. Estoy muy a gusto aquí, porque siempre me trataron muy bien desde que llegué”, reconoció. Además tiene un grupo de amigos: Fernando “El Carrilu”, José Manuel Pertierra y su sobrino Luis, con el que lleva 38 años acudiendo todos los martes a desayunar a Pola de Siero. “Me viene a buscar Fernando a las 9.20 y nos vamos hasta allí, un año nos tocó la lotería del bar en el que parábamos”, recordó.