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José Luis Fernández Polvorosa, el cura de La Fresneda,Bobes y La Barreda. Natural de Santa Cruz (Llanera) recuerda para El Tapín algunos momentos de su vida y trata sobre temas de actualidad.

La guerra... que no vuelve nunca más, afecta a los más débiles, rezo para que no se repita aquí y para que no haya en ningún otro lugar del mundo

Publicado el 25/12/2017
El tapin José Luis Fernández Polvorosa, el cura de La Fresneda,Bobes y La Barreda. Natural de Santa Cruz (Llanera) recuerda para El Tapín algunos momentos de su vida y trata sobre temas de actualidad.José Luis Fernández Polvorosa

José Luis no olvida la cara de satisfacción y felicidad de su madre cuando le escuchaba decir misa

Hay ocasiones en las que escribir sobre alguien tiene cierta dificultad porque al plumilla, como es el caso, le entra la duda de si será capaz de reflejar con sus palabras la interesante personalidad del personaje que quiere dar a conocer al lector.

Pretendo acercarles a la figura del sacerdote llanerense José Luis Fernández Polvorosa, quien  que a sus 85 años no solo tiene la energía física sino la enorme capacidad mental de estar al frente de tres parroquias sierenses: Santa María de La Fresneda, San Cosme de Bobes y San Miguel de la Barreda. "Pido al arzobispado que el día que me falle la cabeza me retiren rápidamente, mientras tanto quiero seguir, aunque me falten las piernas o los brazos, ya tendré quien me ayude a vestirme"

Bastan unos minutos de charla con él para apreciar que se trata de una persona cercana y humilde,  culta,  luchadora y preocupada por el bien de quienes le rodean.

Nació en mayo del 32 en Casa La Cabaña, barrio de la Vereda, Santa Cruz, en el seno como él mismo señala de una familia modesta, de campo, trabajadora y cristiana. 

Cursó los primeros estudios en la escuela pública de la parroquia y con tan solo 6 años se trasladó a Gijón porque sus padres habían encontrado allí empleo. Para sus progenitores y también para su hermana, todos fallecidos, tiene palabras de cariño y admiración.

Al preguntarle por los recuerdos de su infancia en Llanera le viene a la mente la guerra civil "parece que aún oigo los cañonazos que llegaban del Escamplero (Las Regueras), el silbido antes de que cayeran cerca del cementerio de Santa Cruz, veía pasar a los soldados enfilados en dirección al Escamplero. La guerra... que no vuelve nunca más, afecta a los más débiles, rezo para que no se repita aquí y para que no haya en ningún otro lugar del mundo".

Dese Gijón regresaba con frecuencia al pueblo donde vivían sus abuelos, "mi hermana con 6 años y yo con 8 cogíamos el tren hasta Lugo de Llanera, desde ahí caminábamos hasta Santa Cruz, por supuesto no seguíamos la carretera que ahora conocemos, atravesábamos caminos y prados de San Cucao hasta Bonielles. Pasábamos allí los veranos y las vacaciones escolares, me tocó uncir las vacas con el xugo y arar".

Desde entonces asegura que le gusta el campo y que por esto tiene cierta preferencia por las parroquias rurales "en las ciudades hay prisa, la gente ni se habla, en cambio en los pueblos hay mas cordialidad y solidaridad. Esto me recuerda las palabras de un misionero africano que conocí -los europeos tenéis reloj nosotros tiempo-"

Lo de ser cura, aunque siempre tuvo la vocación, llegó a los 20 años tras estudiar Comercio (Empresariales). Tenía claro lo de cambiar los números y casi seguro un trabajo en un banco por el sacerdocio. Entró en el seminario, no había hablado con nadie de sus propósitos, su padre le dijo: lo que vas a hacer piénsalo bien, si estás seguro tienes nuestro apoyo. Probablemente los planes que éste tenía para el primogénito fueran otros, casarse, tener hijos... sin embargo lo aceptaron de buen grado y José Luis no olvida la cara de satisfacción y felicidad de su madre cuando le escuchaba decir misa. 

Por aquel entonces formarse como sacerdote suponía 12 años, nuestro protagonista que no tuvo la oportunidad de que le conmutaran asignaturas, hincó los codos y los redujo a 10 "a base de sacrificar el verano". Comenzaban en el seminario los primeros cursos, los latinos, unos 500 alumnos, de ahí se pasaba al pabellón de filosofía y el número bajaba, la criba definitiva tenía lugar al final en teología, quedaban ciento y pico.

"Fueron muchas horas de estudio y disciplina, si te cogían fumando o fuera del cuarto en el tiempo dedicado a estudiar te mandaban a casa... otra cosa es el tema de las comidas, éramos muchos y no había dinero así que tocaban lentejas sin escoger con pequeñas piedras y fabas rellenas".

Se ordenó sacerdote en 1962 y el 31 de julio de ese año tomó posesión de su primer destino  como coadjuntor de San Julián en Somió (Gijón) donde permaneció un lustro, de ahí pasó a Cangas de Narcea para hacerse cargo de tres parroquias de montaña, San Acisclo de Piñera, San Vicente de Villategil y San Pedro de Bimeda, también fue capellán de las Hermanitas Desamparadas. En esta etapa se convirtió en el cura de obras e infraestructuras "cargo" que como veremos desempeñó durante toda su carrera hasta la actualidad.

- De Somió a las montañas del occidente, todo un cambio. ¿Cómo fueron esos años?

Me comía las montañas, fui feliz, ejercí como un verdadero cura social. Pero debo decir que durante los primeros meses tuve que limitarme a dar misa, aguantar y callar, mis feligreses me estaban estudiando, querían saber cómo era.

Se trataba de 14 pueblos en la falda de la montaña, menos de 500 habitantes y no había carreteras, la única opción para llegar a ellos era caminando, recuerdo como a los enfermos se les bajaba en jergones. Cuando con el tiempo me trasladaron a Cabañaquinta y Pelúgano solo dos quedaban estaban sin pista de acceso, por eso digo que fui un cura social.

- ¿Quiere decir entonces que Vd. jugó un importante papel a la hora de dotar la zona de infraestructuras?

El alcalde D. Manuel, y conviene recordar que estamos en un tiempo en que no era elegido por votación popular, quería hacer carreteras pero la gente no se fiaba. Muchos eran vaqueiros de alzada y en general los que tenían poder los explotaban, por tanto tenían razones suficientes para desconfiar incluso del propio cura.

Había que hacer algo y ayudarles, así que le dije al sacristán "toca a conceyu, tengo que hablar con ellos y buscar una solución". A la reunión asistieron prácticamente todos los vecinos, pretendía salir de allí con las autorizaciones para pasar por las fincas, si había que pagar alguna indemnización se haría a escote. Creo que se dieron cuenta de que no tenía ningún interés personal, que los apoyaba y los defendía. Conforme iba obteniendo los permisos avisaba al alcalde para que enviara la pala y avanzaran los trabajos. No fue fácil, de vez en cuando surgía algún problema, hoy, después de tantos años los veo más como anécdotas.

Pisco, así se llamaba el palista, iba abriendo camino, se topó entonces con un castaño que era necesario derribar y que en principio no se había previsto. El dueño del árbol le amenazó con un hacha y Pisco preso del pánico se marchó. Cuando supe del incidente pedí de nuevo que se tocara a conceyu.

Llegaron los paisanos, estaban agrupados fumando, hablando entre ellos y sin levantar la vista, no me miraban. Después de un rato me dijeron que aquello del castaño no estaba hablado y que la pista que se quería construir era para que yo subiera en coche a dar la misa.

Bien les contesté, hace unos días me han comunicado que cambiaré de parroquias y me iré de Cangas, entonces cogeré la pista debajo del brazo y como es para mi me la llevaré.

Mi argumento causó la risa de todos los presentes pero fue eficaz, por eso digo que fui un cura social.

A Cabañaquinta y Pelugano llegue en agosto del 75, el anterior sacerdote se dedicaba al culto y aquí mi misión fue pastoral, organicé un consejo con varios movimientos dedicados a las familias, a catequesis y a cursillos de cristiandad.

- ¿De esta etapa no hay entonces ninguna de esas "anécdotas" que nos pueda contar?

Sí, también hubo. Yo en mis homilías quiero "abrir los ojos al pueblo" y si hay que tratar un tema espinoso pues lo hago. Recuerdo una muy difícil, se había cortado el agua a la población durante 10 días y aquello se ponía feo, abordé el asunto pero todo estaba siendo muy complicado, hubo que tratar con la guardia civil incluso con los antidisturbios.

- ¿Cuando llegó a La Fresneda?

Corría 1991 todo parecía indicar que me pasarían a Oviedo, no me gustaba mucho la idea, finalmente me quedé en San Cosme de Bobes y en Santa María de Viella, además estaba el proyecto de La Fresneda, había que construir una iglesia y fundar una nueva comunidad.

-¿Fue entonces cuando regresó el cura de obras e infraestructuras? Yo diría que en el Arzobispado tenían claro que su misión no es solo pastoral.

Sonríe y asiente.

Aquí en La Fresneda no había nada, los fieles de la urbanización escuchaban misa en mis otras parroquias. En tres meses conseguí una Junta Parroquial y un pequeño módulo con calefacción en el que poder reunirnos.

Una hipoteca de 630.000 € fue el siguiente paso, aún hoy se deben 180.000, pero seis años después se había inaugurado el templo. No voy a negar que en ocasiones esto me quitaba el sueño pero el obispado me respaldó mucho.  

Por otro lado está el tema de Viella, la iglesia estaba muy mal y su reforma supuso otra hipoteca de 70.000 €. Ahora ya no llevo esta parroquia pero le tengo un gran cariño.

Pero no hubo nada tan duro como la obra del cementerio de Bobes, y por supuesto no me refiero al coste económico sino al sentimental. Un vendaval derribo un muro causando daños en los nichos, los familiares de los fallecidos lo pasaron muy mal, eran un mar de lágrimas, fueron momentos muy dolorosos, se personaron en el cementerio la Guardia Civil y la Policía local. De nuevo convoqué una asamblea, urgía una solución y se debía de tener en cuenta la voluntad de los vecinos. Les dije "me meto en la obra confiando en vosotros, como yo quisiera que trataran a mi madre difunta tratarán a vuestros familiares". Vigilé los trabajos a diario, me costó lágrimas y mucho dolor.

- Un sacerdote tiene que ganarse a sus feligreses, por lo que veo Vd. lo ha conseguido a lo largo de todos estos años

La parroquia y el cura tienen que ser un matrimonio bien avenido, nosotros los sacerdotes debemos ser hermanos y amigos de los feligreses, estar a su servicio y yo lo hago encantado.

- ¿Se siente querido?

Sí, y voy a poner un ejemplo. Hace un tiempo en La Fresneda durante la homilía una niña muy pequeñita dormía en brazos de su madre, de repente despertó se acercó a mi,  se abrazó a mis  piernas y permaneció así un buen rato mientras yo hablaba. Me sentí querido por la pequeña, por sus padres que la dejaron a mi lado y por todos en general.

- Corren tiempos un tanto complicados ¿cómo ve el mundo?

El mundo está triste, la Iglesia posee alegría y esperanza porque tiene al Señor y tiene fe, eso tenemos que trasmitirlo. Al mundo hay que darle luz, sería muy distinto si hubiera más fe. Dios dice: "Yo no he venido a ser servido sino a servir". La Iglesia somos todos, no hay que estar solo bajo el paraguas del cura, cada cristiano tiene que responsabilizarse de su misión.

- Imposible dejar de lado el tema de la crisis ¿cómo ayuda la Iglesia?

La Iglesia tiene una misión espiritual importante pero también realiza una labor social de gran valor, el problema es que esa labor no sale en los medios, la prensa no se ocupa de ella.

- Y, ¿Cataluña?

Los Obispos han hecho conjuntamente un documento maravilloso sobre Cataluña. Nuestro Arzobispo Jesús y también el Papa hablaron claro "nada de divisiones". La Iglesia dice lo que tiene que decir y cuando llega la Iglesia llega la luz.

Finalizamos nuestra charla en la zona dedicada a la catequesis en la iglesia de La Fresneda, es probable que aprovechando el soleado día de otoño el párroco de un paseo por la zona. La urbanización dice es un lugar muy acogedor, ideal para matrimonios jóvenes con hijos gracias a los espacios verdes donde los chicos pueden jugar, algo más triste para las personas mayores que al contrario no tienen donde distraerse ni reunirse para una pequeña tertulia. Cuando me despido pienso que igual al cura de "obras e infraestructuras" se le ocurre algo al respecto.